La investigadora brasileña Roseli Nazario, especialista en Estudios de la Infancia, explica qué significa investigar con niñas y niños pequeños y no sobre ellos: ¿cómo leer el asentimiento de un bebé?, ¿por qué la asimetría entre adultos y niños no se niega, pero puede reducirse?, ¿qué conocimiento solo surge del diálogo directo con las infancias?

Roseli Nazario (*) realiza en Mendoza una estancia de investigación posdoctoral bajo la supervisión del profesor José María Vitaliti, orientada a pensar las infancias desde América Latina. En esta entrevista con el Observatorio de Niñez, Adolescencia y Familia recorre su llegada a la investigación con niñas y niños pequeños, el modo de reconocer su asentimiento cuando todavía no hablan, el debate sobre la simetría ética y la escucha «de cuerpo entero». También aborda los saberes que solo se producen junto a las infancias, el diálogo intercultural entre generaciones y un consejo para quienes empiezan a investigar en este campo.
De investigar sobre los niños a investigar con ellos
¿Cómo llegó a investigar con niños y no sobre niños? ¿Hubo una experiencia que marcara ese giro?
Mi trayectoria comienza en la intervención. Empecé como maestra de niños muy pequeños, de cero a seis años, y con el trabajo cotidiano llegaron las preguntas. Eso fue lo que me llevó a pensar este lugar de la investigación con las infancias pequeñas.
Primero recorrí el camino institucional de lo que en Brasil llamamos creche y preescolar, lo que aquí serían los jardines maternales. Después hice un cambio y entré a las instituciones de acogimiento, donde viven niños y niñas separados temporalmente de su convivencia familiar y comunitaria. Allí abrí otro frente de estudio: mirar, acompañar y dialogar con esos niños.
El asentimiento de quienes todavía no hablan
¿Cómo se obtiene el asentimiento de un niño de 2 o 3 años que todavía no habla, o habla poco? ¿Cómo se reconoce un «no»?
Es una gran discusión en los Estudios de la Infancia. La propuesta es construir conocimiento sobre las infancias, pero en diálogo directo con ellas, y eso no es solo una cuestión metodológica: también es teórica y epistemológica. Necesitamos pensar esa relación desde una ética que exige otro tipo de investigador, uno que se alfabetice en múltiples lenguajes y no solo en la oralidad.
Siempre es una interpretación: un adulto dialogando con un niño muy pequeño que todavía no habla, como los bebés, y leyendo las distintas manifestaciones que nos ofrece. Si entro a una sala y un bebé llora todo el tiempo, se aleja o corre hacia el adulto que es su referencia, me está diciendo algo. Me dice que, en ese momento, mi presencia le incomoda, que no está siendo bien recibida. Con esos indicios hacemos el ejercicio de acercarnos o de tomar distancia.
No es un conocimiento que se construya en soledad. Integro desde fines de los años noventa un grupo de investigación de la UFSC, creado a comienzos de esa década, que fue el primero de Santa Catarina y prácticamente de Brasil en dedicarse a la educación de los niños de cero a seis años. Más tarde, a mediados de la década de 2010, conformamos otro grupo dedicado específicamente a la relación entre etnografía e infancia.
Escuchar con el cuerpo entero
¿Cómo se «escucha» a quien se expresa más con el cuerpo, el juego o el silencio que con palabras?
Trabajamos con una idea que va más allá de la escucha, porque la escucha nos remite sobre todo a lo auditivo. Pensamos en una escucha de cuerpo entero: cómo mis ojos, mi cuerpo, cómo este adulto logra recibir las manifestaciones de los niños, traducirlas y responder con una acción que muchas veces tiene que ser muy rápida.
Es un ejercicio complejo, que nos interpela todo el tiempo y nos exige lo que llamamos una reflexividad ética para que ese encuentro sea posible. También nos apoyamos en metodologías visuales —fotografías, filmaciones, grabaciones de audio— que nos permiten volver sobre esas situaciones con intensidad y frecuencia. Y las analizamos en forma colectiva.
La simetría ética
¿Qué significa en la práctica la «simetría ética»? ¿Es posible, siendo que el adulto siempre tiene más poder?
Es una discusión que construimos en diálogo con autores como Alan Prout, que acompañó de cerca los estudios de nuestro núcleo de investigación, William Corsaro y Pia Christensen, a quienes primero conocimos a través de colegas portugueses. Buscar una práctica de investigación más horizontal no puede desconocer que hay asimetrías inherentes. El adulto tiene más información y más experiencia que los niños, y entre las generaciones existe una relación asimétrica.
En los Estudios de la Infancia no trabajamos con binarismos, con la lógica de «esto o aquello», sino con la de «esto y aquello». La relación es asimétrica y, al mismo tiempo, es posible construir una relación horizontal y cotidiana con los niños. Esa horizontalidad aparece en los gestos más simples: cuando me encuentro con un niño, mi primer movimiento es agacharme y ponerme a la altura de su campo visual, mirarlo de frente, a los ojos, y no de arriba hacia abajo.
Lo mismo vale cuando fotografiamos o filmamos a los niños. Esa horizontalidad no nace del azar: se construye en el plano corporal, en el ético y en el teórico, para dialogar con los niños desde un lugar de compañía y de escucha real.
¿Podría decirse que reconocer la asimetría es el punto de partida para construir horizontalidad?
Exactamente. Es lo primero: reconocer que existe. Al reconocerla, empiezo a pensar mecanismos y estrategias para reducirla. Nunca voy a eliminarla, pero voy a intentar que sea menos asimétrica.
El conocimiento que solo surge con los niños
¿Qué conocimiento produce la investigación con niños que no podría producirse de otra manera?
Una gran cuestión es construir una historia de la infancia y de los niños con ellos como autores; permitirles construir su propia autobiografía. Esa autobiografía solo es posible en el diálogo con ellos. Siempre hubo quienes hablaron sobre los niños, pero muy poco en diálogo con ellos.
Seguimos hablando sobre ellos, pero a partir de una producción que surge de esa relación, de sus voces y de sus movimientos. Y cuando digo voces lo digo en un sentido muy amplio, mucho más amplio que la oralidad. Eso nos plantea también el desafío de la escritura: cómo recibir esas voces en nuestros textos. De cada estudio no salimos con muchas respuestas, sino con muchas otras preguntas.
La autoría es un conocimiento fundamental, pero no el único. El imaginario infantil, por ejemplo, no tiene otro modo de conocerse. Si no dialogamos con los niños, si no los observamos con atención, seguimos produciendo saberes tejidos desde una lógica adultocéntrica. Por eso hablamos de una etnografía posestructuralista: ya no la del etnógrafo clásico que se desplaza hasta un «nativo» lejano, porque ese nativo está con nosotros en el contacto cotidiano.
Un diálogo intercultural entre generaciones
En la relación con un hijo o una hija, ¿cómo se traduce esta idea de interculturalidad entre adultos y niños?
Cuando hablamos de investigación también hablamos de la práctica de intervención. Ese diálogo intercultural ocurre en las acciones más comunes de la vida cotidiana, ya sea de la maestra, del investigador o de la familia. Nos interpela éticamente a construir otra relación con los niños, a partir del diálogo entre dos culturas: la de los adultos y las de los niños.
Los niños toman información del mundo adulto, pero siempre la interpretan. Hace poco discutíamos una escena: un niño le pide a la maestra que ate un juguete en lo alto de una pared o de un estante para transformarlo en una ducha. Tiene una referencia del mundo adulto —la ducha está arriba— y produce su propia interpretación para expresarse y jugar.
Por eso discutimos el concepto de «adulto atípico» de William Corsaro. No necesitamos dejar de ser adultos: el adulto sigue siendo adulto, los niños siguen siendo niños, y promovemos un diálogo entre ambas generaciones sin que nadie abandone su condición. Nos interesa ese lugar donde las culturas se cruzan, que algunos autores llaman topoi, y que da lugar a una ética relacional. También trabajamos con lo intrageneracional: los niños aprenden y se enseñan entre ellos.
Un consejo para quien empieza
¿Qué consejo le daría a quien empieza a investigar con niños pequeños?
Que investigar con niños exige conocimiento teórico. No es algo que ocurra por casualidad: exige reflexión, estudio y diálogo entre distintos campos, porque la interdisciplinariedad atraviesa esta discusión. Mi campo es la educación y me he acercado a la sociología de la infancia, pero también necesito dialogar con la antropología de la infancia, la filosofía y la psicología, disciplinas que en el pasaje del siglo XX al XXI se repensaron a sí mismas.
Ese conocimiento se construye además en la colectividad de los grupos de investigación. Y, sobre todo, hace falta un adulto dispuesto a escuchar a los niños: eso es lo básico. No se trata de «dar voz» a los niños, porque siempre tuvieron voz. Queremos amplificar esas voces, y para eso hace falta un adulto muy curioso, capaz de escuchar e interpretar lo que los niños tienen para decirnos.
Lo aprendí mucho con los colegas de la sociología, entre ellos Manuel Sarmento. Salgo de la educación hacia otros campos, pero siempre vuelvo a la educación, porque es el lugar desde el que hablo.
Una infancia situada y latinoamericana
¿Por qué es importante pensar a los niños desde su contexto?
Una gran contribución de los Estudios de la Infancia es pensar al niño nunca aislado, sino situado, atravesado por todos los marcadores sociales: territorio, clase, género, creencia religiosa. Considerar esto es sacar a los niños del lugar universal en el que fueron puestos históricamente, como si todos fueran iguales y vivieran la infancia del mismo modo.
Eso explica también mi llegada a la Argentina. Mi formación está muy marcada por Portugal y Europa, donde hice parte del doctorado y un posdoctorado, y reconozco el valor de esos aportes. Pero ahora me vuelvo al Sur global para pensar una infancia latinoamericana, territorializada, desde este lugar.
En Brasil esta discusión tiene antecedentes desde los años ochenta y noventa, con Carlos Rodrigues Brandão, un estudioso que trabajó muy cerca de Paulo Freire. Nosotros hablamos de un «niño en situación». Es sacar a los niños del lugar de objeto de estudio en el que fueron colocados históricamente para reconocerlos como sujetos de nuestras investigaciones.
Escuchar sin poner en escena
La conversación con Roseli Nazario deja una pregunta abierta para quienes trabajamos con datos e información sobre infancias: cómo escuchar las voces de niñas y niños de manera genuina, sin convertir su participación en una puesta en escena. Su propuesta —reconocer la asimetría, construir horizontalidad desde el cuerpo y la ética, y situar a cada niño en su territorio— ofrece un punto de partida para hacerlo también en Mendoza y en la región.
Roseli Nazario y José María Vitaliti trabajan además en un libro colectivo, con investigadoras de cinco países, sobre la investigación con y sobre las infancias, que se publicaría el próximo año.

(*) Roseli Nazario es profesora de la Licenciatura en Pedagogía y del Programa de Posgrado en Educación del Instituto Federal Catarinense (IFC), campus Camboriú, en Santa Catarina, Brasil. Es licenciada en Pedagogía, magíster y doctora en Educación por la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), con estudios y especialización en Estudios de la Infancia en la Universidade do Minho, Portugal. Realizó un posdoctorado en Ciencias de la Educación en la Facultad de Psicología y de Ciencias de la Educación de la Universidade do Porto (2021–2022). Actualmente cursa un segundo posdoctorado en el Programa de Posgrado Interdisciplinario en Ciencias Humanas de la UFSC (PPGICH-UFSC), con una estancia de investigación en Mendoza bajo la supervisión del Dr. José María Vitaliti (Universidad del Aconcagua y Universidad de Mendoza).
Por Javier Ávila | ONAF | 7 octubre de 2026
Nota de redacción: La entrevista se realizó en portugués y español, con la colaboración del Dr. José María Vitaliti. El presente texto fue elaborado con apoyo de herramientas de inteligencia artificial (Claude, desarrollado por Anthropic).
